Otoño 2010 - Nº 78

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De cómo la relación entre tiempo y trabajo resulta poco amable para las mujeres


Autora: Teresa Torns

Profesora de la Universidad de Barcelona

Teresa TornsEn España, al igual que en el resto de los países europeos, la desigual distribución de la carga total de trabajo entre hombres y mujeres es una realidad que los datos de las encuestas del uso del tiempo se encargan de poner de manifiesto. Dichas encuestas permiten observar cómo las españolas son las mujeres que más tiempo dedican al trabajo doméstico. Y cómo, junto a las italianas, son las que disponen de menos tiempo libre. Asimismo, esos datos muestran cómo los hombres españoles, al igual que los italianos, son los que dedican menos tiempo a ese tipo de trabajo y los que disponen de mayor tiempo libre.

Las razones de tal situación son diversas, si bien pueden resumirse diciendo que la doble presencia es uno de los rasgos fundamentales de la manera de vivir y pensar en femenino en las actuales sociedades del bienestar. Sociedades donde las mujeres, tengan o no actividad laboral, asumen las tareas doméstico-familiares y de cuidado de las personas de la familia, una situación que está en la raíz de las desigualdades de género, presentes en ese tipo de sociedades y que expresan, junto a las desigualdades de clase y de etnia, el malestar de un bienestar que perjudica ampliamente a las mujeres, en relación a sus coetáneos masculinos, si bien cabe precisar que no todas las mujeres sufren esas desigualdades por igual.

Para paliar esa situación, la Unión Europea, ha promovido, desde hace ya una década, una serie de medidas conocidas como políticas de conciliación de la vida laboral y familiar. Tales medidas consisten en permisos laborales y en la promoción de servicios de atención a la vida diaria (SAD). Por lo general, en España, la conciliación sólo supone el desarrollo de permisos, mayoritariamente de maternidad, aunque, hoy en día, también existe un permiso de paternidad de 13 días gracias a la reciente ley de Igualdad española del 2007. Algunas críticas ante la conciliación apuntan que no sirve porque no es capaz de cuestionar la centralidad y hegemonía que el tiempo de trabajo remunerado tiene en nuestras sociedades. Y que, de igual modo, los servicios de atención a la vida diaria, finalmente previstos en la denominada "ley de dependencia", no suelen plantearse ni reclamarse como derechos de ciudadanía: Por una parte, por los problemas de financiación, agravados por la actual crisis, pero, en el fondo, por la fuerte tradición familista de una sociedad española que continúa atribuyendo el cuidado de las personas dependientes a las mujeres de la familia.

 

Las políticas de tiempo como reto para repensar las políticas de bienestar

Las políticas de tiempo han abierto desde hace ya más de una década el debate para encontrar alternativas a las dificultades que plantea la conciliación y para repensar políticas de bienestar más equitativas, que requieren, además, la revisión del contrato social entre géneros y la organización social del cuidado cotidiano de las personas.

Las primeras políticas de tiempo con perspectiva de género fueron impulsadas por las mujeres italianas del antiguo PCI a través del anteproyecto conocido como "Ley del tiempo" a finales de la década de los años 80 del s. XX. El anteproyecto estaba dividido en tres ejes: El primer eje pretendía regular la jornada laboral reclamando su reducción diaria para todo el mundo; el segundo, pretendía fijar una serie de propuestas capaces de regular el tiempo a lo largo del ciclo de vida; y el último ideaba actuaciones para ordenar y regular el tiempo de la ciudad. Este último apartado es el único que ha facilitado el desarrollo de actuaciones reconocidas como políticas de tiempo, siendo numerosas y diversas las ciudades europeas que, en la actualidad, llevan a cabo actuaciones de este tipo. En este sentido, la ciudad de Barcelona es un ejemplo pionero y cercano de unas políticas de tiempo que se orientan a facilitar el bienestar de la ciudadanía.

Sin embargo, la mayor parte de las políticas de tiempo desarrolladas en Europa en estos últimos veinte años han tratado de regular y reordenar el tiempo de trabajo con el fin de afrontar la crisis del empleo industrial. Y pese al interés que encierran algunas de las soluciones ideadas, como es el caso de la experiencia finlandesa del 6+6, se puede afirmar que estamos ante buenas soluciones técnicas que no cuentan con suficiente consenso social. Soluciones que, además, lejos de reducir la jornada laboral diaria a toda la población ocupada, tal y como proponían las mujeres italianas, incrementan las desigualdades de género, pues consolidan la división sexual del trabajo que se da en el hogar-familia al imponer, desde la lógica empresarial, el incremento de los turnos rotatorios entre la población masculina y el tiempo parcial entre la población femenina. Aumentando, en definitiva, la disponibilidad laboral de toda la población ocupada.

Así las cosas, pensando en propuestas viables, cabe reclamar el aumento de los actuales permisos laborales contemplados por la conciliación, y, en particular, la ampliación del permiso de paternidad. Cabe, asimismo, luchar, a través de la negociación colectiva, para obtener otros permisos (de formación, sabáticos, de libre disposición personal, etc.) para que todas las personas ocupadas, y no sólo las capas más privilegiadas, puedan alcanzarlos. Ya que si las políticas de tiempo deben tener algún sentido como promotoras del bienestar cotidiano, es necesario reducir la jornada laboral para toda la población ocupada y conseguir que no sólo las madres tengan como meta esa reducción, pues sólo el intercambio de tiempo por tiempo y no de tiempo por dinero (salario) va a facilitar la obtención de ese bienestar.

Nadie duda que la actual crisis parece poner en duda la viabilidad de tales objetivos, pero precisamente esa crisis no hace sino recordar que la época dorada del empleo industrial va a ser difícil de recuperar. Por ello, las necesidades del cuidado de la vida de las personas pueden y deben ocupar un puesto privilegiado en los cambios que es preciso promover. Algunas mujeres somos conscientes de que no sólo hacen falta políticas de tiempo para alcanzarlos, pero repensar el bienestar cotidiano, sin aumentar las desigualdades ya existentes, parece una buena propuesta.

Euskadi, bien común