Primavera 2011 - Nº 80

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Teresa del Valle: "Cuanto más se comprometa una universidad con la igualdad más innovadora será"

Lleva cuatro años saboreando con deleite su condición de profesora emérita de la UPV porque le permite dedicarse más a la investigación antropológica, que es una de sus pasiones, y ha recibido la noticia de la concesión del Premio Emakunde con “total sorpresa y con alegría”. Dice que la sociedad vasca no es muy dada a los reconocimientos y que precisamente por eso, y por haber sido propuesta por la Comisión de Igualdad de la UPV, le hace más ilusión. Ella introdujo en el mundo académico vasco la disciplina de Antropología Social, creó el Seminario de Estudios de la Mujer y el  libro “Mujer vasca. Imagen y realidad” publicado l985,  resultado de una investigación en equipo que ella dirigió, constituye todavía hoy un referente para la antropología feminista.
 

Teresa del ValleAdemás de la sorpresa y la alegría iniciales por la concesión del Premio Emakunde, Teresa del Valle está sorprendida por el eco tan amplio que ha tenido la noticia: “Ha llegado a un tejido social muy amplio y eso me parece muy positivo porque junto con el reconocimiento está la presencia de un trabajo que tiene que ver con la igualdad y he podido comprobar que a través de ese tejido social también estaba presente una reflexión acerca de la igualdad”.

En los años sesenta no era habitual que una joven se fuera a estudiar a una universidad de Estados Unidos, ¿Cómo lo consiguió usted?
A los 21 años yo quería trabajar en lo que entonces se consideraban las misiones. De pequeña había estudiado en la congregación de las Mercedarias Misioneras de Berriz, primero en el Colegio de la Veracruz en Bilbao y luego como interna en el de Berriz. Entré a formar parte de esa congregación y me enviaron a estudiar a Estados Unidos. Cuando acabé Arte e Historia en la Universidad de Saint Louis, fui  como profesora a la Universidad pública de Guam. En principio impartía Historia de Estados Unidos pero fui desarrollando un campo de estudio que tenía que ver con la Historia de Micronesia, un campo innovador en aquellos momentos, y esa fue mi primera inmersión en otras culturas.

¿Y ahí empezó su pasión por la antropología?
Sí, así fue como empecé a descubrir otros mundos. En la Universidad de Hawai hice un master en antropología y el doctorado gracias a una beca de una institución del gobierno estadounidense: el East West Center. Luego desarrollé el trabajo de campo en el sur de la isla de Guam y mi tesis tuvo que ver con los sistemas de cómo se accedía a la propiedad de la tierra y las estrategias que la gente desarrollaba para conservarla. Fue una inmersión total porque viví con una familia en el poblado de Umatac que estaba emparentada con todo el pueblo: una experiencia densa del tejido de redes.
También la experiencia en Hawai para mí fue muy importante, ya que conviví con personas de 30 países diferentes. Estados Unidos, el Pacífico y suroeste asiático. Allí creamos un grupo internacional de mujeres que nos reuníamos a hablar sobre las distintas culturas y sobre la socialización que habíamos tenido como mujeres y también entré en contacto con el feminismo y con algunas lecturas clave.

Pero después de estas experiencias en tierras lejanas, decide volver al País Vasco.
En este nuevo contexto tomé la decisión de dejar la congregación, sin estar segura de si me iba a quedar aquí o no. En 1979 entré en la UPV en el campus de Gipuzkoa en el segundo curso de la formación de la Facultad de Filosofía de Zorroaga. Me contrataron y sentí que era el sitio donde quería estar, pero al mismo tiempo tenía muy claro que como académica quería mantener mis vínculos con EE UU y eso ha sido permanente.

¿Se encontró con que todo estaba por hacer?
Era una facultad nueva en la que confluíamos gente de distintos lugares, con una visión amplia, progresista, con muchas ganas de trabajar. Se iniciaba un proyecto y se empezaba a introducir la antropología social, que no había estado presente en la UPV a pesar de la gran tradición generada por Barandiaran. Fue importante la vinculación que empezamos a tener principalmente mujeres que configuramos lo que era el Seminario de Estudios de la Mujer de la UPV. Era el cuarto que se creaba a nivel estatal y esto suponía un reconocimiento universitario de los planteamientos que estaban ya bastante enraizados en el medio anglosajón y en las universidades francesas sobre lo que en aquellos momentos se llamaba “Los estudios de la Mujer”. La reflexión feminista aquí se había realizado en medios vinculados al movimiento feminista pero no estaba presente  en  la enseñanza e investigación académica.

¿Fruto de esa reflexión es el libro “Mujer vasca. Imagen y realidad”?
Durante tres años tuvimos una beca, la primera de etnografía de Eusko Ikaskuntza, que efectivamente, nos permitió publicar en 1985 el libro “Mujer vasca, imágen y realidad”. Este trabajo se considera un hito, un referente, porque reflejamos cómo nos veíamos las mujeres de una forma muy amplia, tomando el medio costero, el rural y el urbano. Y también por su metodología innovadora propia de la antropología social. Incorporamos una crítica sobre cómo se había visto la mujer en los estudios anteriores de antropología más bien de tipo descriptivo y la idealización que había del poder de las mujeres en el medio vasco que no se correspondía con las vivencias que transmitían las mujeres entrevistadas.

Teresa del Valle¿Cuántas personas se implicaron en este proyecto?
El equipo de investigación que figura en la autoría del libro lo constituimos nueve mujeres y un hombre. Pero la participación llegó a alcanzar unas cincuenta personas. Fue un trabajo muy denso y muy contrastado e iba mucho más allá de lo que la beca suponía. Pero tengo que decir que, por un lado y a pesar de la seriedad del trabajo,   el contexto no ensalzaba mucho aquel trabajo, porque  tenía mucho de  revulsivo, ya que se reflexionaba sobre una realidad en la que se encontraban grandes deficiencias y se cuestionaba lo que era una ideología acerca del poder de la mujer, más que una constatación del mismo. Al mismo tiempo, el estudio tenía mucho eco y los medios de comunicación lo publicitaron. También era un momento en el que el movimiento feminista estaba muy vivo, y tuvimos la oportunidad de estar  en distintos foros hablando de lo que estábamos haciendo y participando activamente.

Sin embargo, a pesar del éxito, el Seminario desapareció
Sí, en 1999, y ello requeriría otra entrevista. Pero el hecho es que mientras estuvo en activo fue muy importante. Se creó un fondo de investigación, una beca anual para gente que iba a hacer tesis sobre el tema de antropología, de historia, filosofía o de psicología feministas. Se organizaban seminarios, era un lugar muy activo y un referente a nivel estatal, incluso venía gente de otros países. De hecho, la biblioteca se enriqueció con el legado de la socióloga norteamericana Shally Hacker. Se formó mucha gente joven y tuvimos la oportunidad de que las materias que tenían que ver con la perspectiva feminista pudieran incorporarse más tarde en los planes de estudio. El conjunto de la biblioteca del seminario  está ahora en la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación en el aula “Maite Recarte”,  en honor a la que fue decana de la Facultad y miembro del Seminario.  Y pasará a la nueva biblioteca del Campus de Gipuzkoa.

El año pasado se cumplió un siglo de la incorporación de las mujeres a la universidad, pero ¿qué asignaturas quedan pendientes para conseguir la igualdad en este ámbito?
Hay que preguntarse en qué medida la incorporación de las mujeres ha ido pareja al reconocimiento de su valía en todos los campos y estamentos. No tengo las estadísticas a mano pero se han hecho estudios respecto a la relación de mujeres y hombres que ocupan los puestos de responsabilidad, desde los departamentos hasta los decanatos,  rectorados y cátedras, así como premios y reconocimientos y aquí ya se ve una gran diferencia. He trabajado mucho el tema del poder, sobre todo desde la crítica feminista, y considero que quienes le inician a uno o a una en las trayectorias laborales o políticas, es decir, quien ejerce el mentorazgo, tiene la llave de acceso a todos los estamentos donde se genera el prestigio y el poder. El mentorazgo no tiene que ver con favoritismos ni compadrazgos sino con el reconocimiento de las personas para enseñar, para comunicar acerca de cómo avanzar en el saber y en su reconocimiento. Tiene influencia a la hora de cómo a las mujeres se nos introduce en otros campos que no están reglados. Una oposición está reglada pero no lo está el que a ti te propongan para pertenecer a una comisión, que luego a su vez va a poder evaluar proyectos de investigación. Por eso a mí los medios democráticos me parecen tan importantes. Por ejemplo, la elección de un rector o rectora. Pero para que una mujer esté ya en ese momento ha tenido que superar muchos obstáculos y ha tenido que contar con apoyos que están basados en reconocimientos porque sí que creo que se propone a las personas por su valía pero también que es más difícil que se reconozca la de las mujeres que la de los hombres.

¿Es una cuestión de tiempo el que las mujeres lleguen a estar donde se genera el prestigio y el poder?
Es más que tiempo. Cuando el punto de partida es deficitario es muy difícil llegar a igualarnos, a no ser que haya una voluntad y unos medios que son los que se pactan. Por eso yo estoy a favor de los sistemas de cuotas, mientras el punto de partida sea así.
Hay ejemplos de voluntad: en los medios universitarios se han creado departamentos o comisiones de igualdad en los que se vela para que las leyes de  equidad de género se pongan en funcionamiento. En la universidad en general se está dando paulatinamente una reflexión interdisciplinar sobre cómo se estructuran los sistemas de desigualdad principalmente entre mujeres y hombres y creo que en la UPV la Comisión de Igualdad está trabajando en ese sentido.
En la medida en que más se comprometa una universidad con el tema de la igualdad, más rentable le va a resultar, porque va a ser más innovadora, ahora que la innovación tiene un campo de gran reconocimiento. En el tejido social, una de las innovaciones es la de ir creando una sociedad mucho más fluida, mucho más comprometida con los intercambios de las tareas a todos los niveles. 
Ahí sí hay voluntad, pero cuando tienes una situación de gran desigualdad, como puede ser el número de catedráticas y catedráticos, y lo que suponen las cátedras a la hora de activar los conocimientos y las posibilidades de la gente de crear escuela, de dirigir tesis, proyectos de investigación, creo que no se puede dejar al albur, a la propia dinámica. Se tendrá que hacer una reflexión: ¿por qué es tan difícil para las mujeres  conseguir evaluaciones positivas o entrar en las publicaciones de prestigio a formar parte de los comités de redacción? No es porque no estén preparadas sino porque muchas veces eso se resuelve a niveles muy informales, de redes informales en las que no estás presente.
Por eso es muy importante esa presencia de mujeres concienciadas. No porque una mujer esté va a ser más promotora de la igualdad que el varón. Tiene que tener una conciencia de que estamos en una situación de desigualdad y que hay que promover esa igualdad con todos los medios que se consideren civilizados.

¿La condición de emérita le ha permitido dedicarle más tiempo a la investigación?
Sí, ahora puedo trabajar de una forma más libre, impartiendo docencia en cursos de   posgrado, dirigiendo tesis, asesorando para publicaciones, que es trabajar de una forma muy placentera. Tengo libertad para investigar y estoy disfrutando de esta época. Colaboro en equipos de investigación de otras universidades, pero desde aquí también trabajo en mi propio proyecto: un libro sobre la etnografía de la memoria. Es una reflexión desde la antropología social con un enfoque feminista sobre cómo recordamos, sobre el proceso de la memoria pero visto desde cómo nos pronunciamos y cómo evaluamos el recuerdo. Es una metodología encaminada a descubrir los seres estructuradores del recuerdo: el de las relaciones familiares, la relación de recuerdo y espacio, recuerdo y arte, recuerdo y parentesco y también he trabajado lo que es el recuerdo de la memoria del odio y la superación. Estoy en la fase final que ha requerido muchos años de trabajo, de entrevistas y observaciones. Hablo mucho del espacio, de las ciudades, de cómo se estructura esa memoria y del enfoque feminista para ver cómo se diferencia el recuerdo que queda plasmado en la memoria social respecto de lo que hemos hecho las mujeres y los hombres. Es muy amplio pero cada capítulo va especificando su ámbito. La investigación para mí representa un estímulo continuo.

Euskadi, bien común