Verano 2012 - Nº 85

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La igualdad de género es parte de la economía inteligente

“Los países que crean mejores oportunidades y condiciones para mujeres y niñas pueden aumentar la productividad, mejorar los resultados para la infancia, hacer más representativas las instituciones y mejorar las perspectivas de desarrollo para todas las personas”, asegura el informe sobre Desarrollo Mundial 2012 del  Banco Mundial que este año se centra en la igualdad de género en todo el mundo.

A lo largo de 46 páginas, el estudio ofrece datos sobre las diferencias a las que deben enfrentarse mujeres y niñas en los países en desarrollo a pesar de las décadas de progreso. Llega a la conclusión de que el desarrollo económico no basta para reducir todas las disparidades de género: “se precisan políticas correctivas que aborden específicamente las desigualdades de género persistentes”.

Pone de manifiesto cuatro esferas prioritarias de políticas que permitirán avanzar. Primera, reducir las disparidades de género en el capital humano, específicamente las que se refieren a la mortalidad femenina y la educación. Segunda, reducir las disparidades de género en cuanto al acceso a las oportunidades económicas, los ingresos y la productividad. Tercera, reducir las diferencias de género en lo tocante a que las mujeres puedan hacer oír su voz en la sociedad y a su capacidad de acción. Cuarta, limitar la reproducción de la desigualdad de género entre generaciones. En estas cuatro esferas un aumento de los ingresos, por sí solo, influirá poco en la reducción de las disparidades de género, pero unas políticas bien orientadas pueden tener un impacto real.

En la actualidad, las constituciones de 136 países contienen ya garantías expresas de igualdad de la ciudadanía y de no discriminación entre hombres y mujeres.
En un rápido repaso por las dos últimas décadas en que las mujeres han obtenido derechos sin precedentes en cuanto a la educación, la salud, el acceso al empleo y a los medios de vida, el informe matiza que este progreso no ha llegado por igual a todas las mujeres ni ha abarcado todas las dimensiones de la igualdad de género. Como ejemplo, recoge que la probabilidad de que una mujer muera durante el parto en África al sur del Sahara y en partes de Asia meridional todavía es comparable a la de Europa septentrional en el siglo XIX.

Analiza que del mismo modo que el desarrollo entraña una reducción de la pobreza económica o un mejor acceso a la justicia, también debería significar una reducción de las diferencias de bienestar entre hombres y mujeres.

La igualdad de género puede aumentar la eficiencia económica

El análisis profundiza en que la igualdad de género es parte de la economía inteligente, ya que puede aumentar la eficiencia económica y mejorar otros resultados en materia de desarrollo de tres maneras. “En primer lugar, la eliminación de las barreras que impiden que las mujeres tengan el mismo acceso que los hombres a la educación, a las oportunidades económicas y a los insumos productivos puede dar lugar a aumentos generalizados de la productividad, que son tanto más importantes en un mundo cada vez más competitivo y globalizado. En segundo lugar, la mejora del estatus absoluto y relativo de las mujeres promueve muchos otros resultados en materia de desarrollo, incluidos los que afectan a sus hijos e hijas. En tercer lugar, el equilibrio de la balanza —de manera que las mujeres y los hombres gocen de las mismas oportunidades de tener una actividad social y política, de tomar decisiones y definir las políticas— probablemente conducirá con el tiempo al establecimiento de instituciones y opciones de política más representativas y más incluyentes, y por tanto a una vía más apropiada hacia el desarrollo”.

Mejor asignación de las habilidades y talentos de las mujeres

Las mujeres representan el 40% de la fuerza laboral del mundo, el 43% de la mano de obra agrícola y más de la mitad de las matrículas universitarias del mundo, pero disponen solo de un 1% de la riqueza del mundo. Para que una economía aproveche todo su potencial, las habilidades y los talentos de las mujeres deben dedicarse a actividades que hagan un uso óptimo de esas capacidades. Pero esto no siempre es así. La discriminación en los mercados de crédito y otras desigualdades de género en cuanto al acceso a los insumos productivos también hacen que a las empresas dirigidas por mujeres les resulte más difícil ser tan productivas y rentables como las dirigidas por
hombres.

En otro capítulo analiza cómo el aumento de la capacidad de acción y decisión de las mujeres, a nivel individual y colectivo, tiene un efecto transformador para la sociedad y puede influir en las instituciones, los mercados, las normas sociales y en opciones en materia de políticas. Como ejemplo, aporta el de India, donde el hecho de otorgar poder a las mujeres a nivel local (mediante la aplicación de cuotas políticas) generó incrementos en el suministro de bienes públicos (tanto los preferidos por las mujeres,
como el agua y el saneamiento, como los preferidos por los hombres, como el riego y las escuelas) e hizo disminuir la corrupción20. Los sobornos que pagaban hombres y mujeres en las aldeas encabezadas por una mujer eran entre un 2,7% y un 3,2% inferiores a los de las aldeas dirigidas por un hombre.

La educación de las niñas

Destaca los progresos en el empeño de superar las disparidades de género en la educación, que han sido firmes y constantes a todos los niveles de la enseñanza: primaria, secundaria y terciaria. En muchos países, y especialmente en el caso de la educación superior, esas disparidades se están invirtiendo, y los niños y los jóvenes presentan una desventaja relativa. En 60 países hay más mujeres que hombres en las universidades. Dos terceras partes del total de países han alcanzado la paridad de género en la matrícula en la enseñanza primaria, mientras que en más de una tercera parte el número de niñas supera con mucho el de niños en la enseñanza secundaria. Sin embargo, la etnicidad combinada con la pobreza puede ser un obstáculo: dos tercios de las niñas que no asisten a la escuela en todo el mundo pertenecen a grupos étnicos minoritarios.

Las brechas salariales

Aunque en buena parte del mundo en desarrollo muchas mujeres han ingresado en la fuerza de trabajo en el último cuarto de siglo, este aumento de la participación no se ha traducido en la igualdad de oportunidades de empleo o de ingresos para los hombres y las mujeres. Las mujeres y los hombres tienden a trabajar en segmentos muy distintos del espacio económico, y esto ha cambiado poco con el tiempo, incluso en países de ingreso alto.

En casi todos los países, las mujeres tienen más probabilidades que los hombres de trabajar en tareas domésticas no remuneradas o en el sector no regulado de la economía. Las agricultoras tienden a ocuparse de parcelas menos extensas y a dedicarse a cultivos menos rentables que los hombres. Las empresarias dirigen operaciones de menor volumen y en sectores menos rentables. Como consecuencia, la tendencia en todas partes es que las mujeres ganen menos que los hombres.

Así, las trabajadoras asalariadas ganan 62 centavos por cada dólar que ganan los hombres en Alemania, 64 centavos de dólar en la India y alrededor de 80 centavos de dólar en México y Egipto. Y estas desigualdades se reflejan también en el ámbito de las mujeres empresarias, ya que ganan 34 centavos por cada dólar que ganan los hombres en Etiopía y tan sólo 12 centavos en Bangladesh.

En cuanto a los porqués de la persistencia de la segregación por motivos de género en la actividad económica y las consiguientes diferencias de ingresos, en el informe se argumenta que las diferencias relativas al uso del tiempo, al acceso a las propiedades y el crédito y al trato por parte de los mercados y las instituciones formales (incluido
el marco jurídico y reglamentario) son factores que limitan las oportunidades de las mujeres. En la mayoría de países, independientemente del nivel de ingresos, las mujeres tienen una responsabilidad desproporcionada con respecto a las labores domésticas y de cuidados a otras personas, mientras que los hombres trabajan principalmente en ocupaciones de mercado. Las diferencias oscilan entre una y 3 horas más para las labores domésticas, de 2 a 10 veces más de tiempo dedicado a la prestación de cuidados (a los hijos e hijas, personas mayores y enfermas) y entre una y 4 horas menos para las actividades de mercado.

Mortalidad

Las mujeres y las niñas tienen más probabilidades de morir que los hombres y los niños en los países de rentas bajas y medias, con 3,9 millones de niñas y mujeres de menos de 60 años que “desaparecen” cada año, según recoge el estudio. Por lo menos un 40% de esas niñas nunca han nacido, una sexta parte mueren en la infancia y el otro tercio en sus años fértiles. En Afganistán, Chad, Guinea-Bissau, Liberia, Malí, Níger, Sierra
Leona y Somalia, por lo menos una de cada 25 mujeres fallecerá a causa de complicaciones relacionadas con el parto o el embarazo. Una proporción mucho
mayor padecerá consecuencias de largo plazo para su salud debidas al parto. Los progresos en la reducción de la mortalidad materna no han mejorado con el aumento de los ingresos. En India, a pesar de un crecimiento económico extraordinario en los últimos años, la tasa de mortalidad materna es casi seis veces superior a la de Sri Lanka. En las dos últimas décadas, solo 90 países experimentaron una disminución del
40% o más de sus tasas de mortalidad materna, mientras que en 23 países se observó un aumento.

También hace referencia a los efectos de la pandemia del VIH/sida en la mortalidad femenina en muchos países de África oriental y meridional como dramáticos.

Capacidad de las mujeres para hacer oír su voz en el hogar y en la sociedad

En muchos países, las mujeres —especialmente las pobres— tienen menos voz en cuanto a las decisiones y menos control sobre los recursos de sus hogares. En la mayoría de países ellas participan menos que los hombres en la actividad política oficial y su representación en los niveles más altos es muy insuficiente. Las mujeres ocupan menos de una quinta parte de los cargos de nivel ministerial. Esta falta de
representación se extiende también al poder judicial y a los sindicatos. Estos patrones no varían mucho a medida que los países se hacen más ricos. La proporción de mujeres parlamentarias solo aumentó del 10% al 17% entre 1995 y 2009.

Se argumenta que es importante superar estas persistentes disparidades de género “porque la igualdad de género es un objetivo fundamental del desarrollo por derecho propio, pero también tiene sentido desde el punto de vista económico. Una mayor igualdad de género puede incrementar la productividad, mejorar los resultados en materia de desarrollo para la próxima generación y hacer que las instituciones sean más representativas”.

Informe completo:
http://siteresources.worldbank.org/INTWDR2012/Resources/7778105-1299699968583/7786210-1315936231894/Overview-Spanish.pdf

Euskadi, bien común