Verano 2012 - Nº 85

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Begoña Murguialday Martínez, La corresponsabilidad, una estrategia rentable

Psicóloga. Técnica de Igualdad. Directora Gerente de MURGIBE.

 

 La Modernidad ha concebido una organización y simbología de la ciudadanía reservada a los hombres y un espacio doméstico adscrito a las mujeres, de forma que la actividad política y laboral de los primeros se asienta sobre el trabajo reproductivo gratuito de las segundas.

 

Desde esta perspectiva, la posición de las mujeres en el mercado laboral, en las empresas, siempre en desventaja, se tiene que explicar a partir de los condicionantes que impone su rol familiar, de la misma forma que la masculina se explica desde la elevada disponibilidad laboral, política, social... que le favorece su escasa participación doméstica. Así pues, el hecho de que el trabajo reproductivo, imprescindible para la vida, ni siquiera se identifique como trabajo, no es en modo alguno casual.

A pesar de los grandes avances en materia de igualdad, los indicadores estadísticos se resisten ante la ausencia de la participación de los hombres en las responsabilidades familiares y del cuidado.

En los últimos años, la preocupación por armonizar la esfera laboral y familiar, ha pasado a formar parte de la reflexión académica, del debate y diálogo social, de la agenda política e, incluso, de la gestión empresarial. Sin embargo, se puede decir que se trata de un viejo tema bajo un nuevo nombre ya que “Las mujeres, han conciliado toda la vida”.

Actualmente, el debate surge en el marco de las políticas europeas de empleo y de igualdad de oportunidades que tratan de afrontar el envejecimiento de la población, la caída de la natalidad, el desempleo y la inactividad, ya que suponen un reto para mantener el sistema de pensiones y la cobertura de las necesidades de cuidado del modelo social europeo.

Teresa Torns destaca que la conciliación pretende mediar entre dos ámbitos que no son “equitativos ni democráticos”, ocultando o negando el conflicto derivado de la división sexual del trabajo que, cuando aflora, se ve como un “asunto privado”. De aquí, el riesgo de que la conciliación sea una problemática considerada femenina y que estas políticas hagan “más llevadera la doble presencia con la que cargan las mujeres”. De hecho, su desarrollo actual nada tiene que ver con el objetivo inicial de compartir responsabilidades entre hombres y mujeres, es decir, fomentar la corresponsabilidad.

Hacia una corresponsabilidad más compartida

Países prósperos (económica y socialmente hablando), con envidiables cotas de bienestar, invierten decididamente en políticas de género y en potenciar los servicios socio-comunitarios. Son países con leyes de igualdad, con acciones positivas y cuotas para incrementar la presencia de mujeres en los ámbitos de poder, entre otras actuaciones.

Así pues, resulta necesario difundir estrategias donde se combinen el crecimiento de la población con altas tasas de empleo femenino, con la seguridad en el empleo y la cobertura social para hombres y mujeres por igual para poder ausentarse del empleo y dedicarse al cuidado, y todo ello, con una fuerte y sólida red de recursos sociales orientados al bienestar de las personas.

La igualdad de género, requisito para el desarrollo sostenible

Del 2000 al 2050, el Estado español pasará del 27% de tasa de dependencia al 73%. En Suecia, en ese mismo intervalo, se pasará del 30 al 43%. Gestionar la vida cotidiana con estrategias que garanticen lo cotidiano, la vida de las personas, es una asignatura que no podemos volver a suspender. Ni los gobiernos, ni las empresas.

Para ello, es necesario eliminar los estereotipos de género en el desigual reparto de roles, contabilizar y difundir el valor económico de la producción doméstica, promocionar la corresponsabilidad de los hombres, adecuar las estructuras laborales y crear servicios sociocomunitarios para la infancia y otras personas dependientes, impulsar prestaciones económicas, comedores escolares, ayudas a las personas que se acojan a excedencias, permisos y reducciones de jornada para el cuidado de personas, adecuar los horarios escolares, de servicios, de ocio, etcétera.

Hablar de corresponsabilidad supone generar cambios en los significados culturales de la maternidad y la paternidad y reflexionar sobre la diferente percepción del tiempo propio. Algunas autoras, como Cristina Carrasco, proponen “un cambio de paradigma que suponga mirar, entender e interpretar el mundo desde la perspectiva de la sostenibilidad de la vida y no del capital”.

Desde este cuestionamiento hay que redefinir el concepto de ciudadanía, de los derechos sociales, que incluya los derechos de la vida diaria. Esto supone una política sobre el reparto del tiempo que trate de aproximar los servicios públicos a la ciudadanía, teniendo en cuenta los trabajos y los tiempos que mujeres y hombres requieren para vivir cotidianamente en el escenario que mejores soluciones puede ofrecer.

¿Rentabilidad económica sin rentabilidad social?

Imposible. No podemos despilfarrar tanta inversión, tanto talento. Las organizaciones empresariales, en este marco de reflexión y compromiso con la responsabilidad social, con la sostenibilidad de la vida de las personas y de su entorno, no pueden ser ajenas a este cambio de paradigma que aporta el enfoque de género y las políticas de igualdad.

Sobran estudios e informes que demuestran cómo los modelos tradicionales, la desigualdad y la discriminación, el despilfarro y la ceguera al medio ambiente aportan serias desventajas al desarrollo de nuestra sociedad. Todos los recursos se agotan, así que conviene cuidarlos, mantenerlos y ayudarles a crecer.

Las empresas pueden y deben apostar por un cambio en donde el centro de las mismas sea su gente, sus necesidades de hoy y de mañana, sus intereses de hoy y de mañana, su desarrollo intelectual y personal, su estabilidad, su humor y ambiciones. Es necesaria una racionalización de los tiempos en las organizaciones, de sus dinámicas, de sus procesos. Ello supone cuestionar valores obsoletos que constriñen “la riqueza de las personas” como la rigidez de los horarios, de las jornadas, el excesivo valor del “presencialismo”, las horas extras, los círculos subjetivos y amiguismos, los miedos a la trasparencia, la no información, las redes informales de ellos, los secretismos, etcétera.

Las empresas que se gestionan con valores desde la diversidad, desde la apuesta por la trasparencia, la participación, sin fronteras entre lo personal y lo laboral, con flexibilidad de horas, jornadas, espacios, con una mirada hacia los resultados medidos por valores como el cuidado por el entorno de la sociedad y por el de sus mujeres y hombres, son hoy por hoy quienes mayores cotas de sostenibilidad están demostrando.

Todo ello pasa por un cambio de cultura y posicionamiento de quienes lideran las organizaciones, pero también de quienes forman parte de las mismas (las trabajadoras y los trabajadores) orientado a una fuerte apuesta por “ganar – ganar” en todos los escenarios y con todos los significados posibles.

 

Fecha de la última modificación: 20/07/2012
Euskadi, bien común