Verano 2012 - Nº 85

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Raquel Royo Prieto: Los hogares siguen actuando como escuelas de desigualdad

Tras el trabajo de campo que ha realizado con 26 parejas jóvenes para su libro sobre conciliación entre vida familiar, personal y laboral, la socióloga vasca, directora del Máster en intervención en violencia contra las mujeres de la Universidad de Deusto, ha constatado que sigue habiendo inercias de género a favor de la desigualdad muy interiorizadas pero también pequeños cambios, nuevos modelos de paternidad y maternidad más igualitarios que es importante visibilizarlos y que demuestran que la igualdad es posible aquí y ahora. 

Su libro “Maternidad, paternidad y conciliación enla CAE.¿Es el trabajo familiar un trabajo de mujeres?” contiene una pregunta retórica en el subtítulo que pocas personas se atreverían a contestar en afirmativo. Sin embargo, los comportamientos privados están lejos de ser igualitarios, al menos eso se desprende de este trabajo de campo realizado con 52 personas que tienen entre 30 y 44 años, residen con su pareja heterosexual y su prole en alguna localidad del ámbito urbano dela CAE, cursaron estudios medios o universitarios y trabajan remuneradamente.

- ¿Siguen comportándose ellos como suplentes o ayudantes en el hogar y continúan  ellas tomando las riendas del trabajo familiar?

Sí, se siguen manteniendo inercias de género. Hay una persistencia de la desigualdad, aunque también se dan patrones emergentes de cambio social. Cuando me refiero a las inercias y desigualdades que permanecen estoy hablando de esa doble jornada de las mujeres o de las tareas del hogar que continúan masculinizadas y feminizadas, con frecuencia incluso en parejas igualitarias: para ellos, las reparaciones domésticas; para ellas, la responsabilidad del hogar, las tareas más rutinarias de limpieza, plancha, cuidado de la prole, etcétera. Del mismo modo, y salvo excepciones, ellos llevan a la consulta médica a sus hijos o hijas en los casos más graves, mientras ellas se encargan también de los casos más comunes y frecuentes: vacunas, dentistas, revisiones...  

En estas inercias entra también el tiempo propio de cada miembro de la pareja. Ellos tienen muy claro su derecho a un tiempo propio. Incluso cuando definen qué es ser un buen padre, contemplan tener un tiempo para sí, algo que no hacen las mujeres y que ellos tampoco lo citan (al menos espontáneamente) entre las cualidades de una buena madre. Esto responde a una idea interiorizada que enlaza con la ideología de la maternidad intensiva, que es profundamente alienante para las mujeres y para su realización personal. Y también es mala para los hombres, porque les está negando en cierta manera el acceso a eso que se ha definido como femenino pero que es profundamente humano, que es el cuidado de los hijos e hijas.

- Pero algo va cambiando, al menos entre la gente más joven, ¿no?

Afortunadamente han surgido nuevos modelos de maternidad y paternidad más igualitarios que permiten a los hombres rescatar parcelas que les ha negado el patriarcado, como la sensibilidad y las emociones. Muchos ni siquiera son conscientes de que se les niega la paternidad y ese “rescate” posibilita maternidades menos intensivas en las mujeres, que de alguna forma les permite acceder a esos tiempos propios y vivir sin culpa la maternidad y la vida laboral.

- La culpa, la frustración y la disolución del yo son las sensaciones que más repiten las madres entrevistadas por usted, pero no aparecen en los padres encuestados.

La culpa es un sentimiento terrible, es un mecanismo de control de las mujeres. Esa culpa que sienten es por el hecho de desempeñar un trabajo remunerado y por no responder a las expectativas socialmente construidas, exigentes e injustas con lo que tiene que ser una buena madre, expectativas que no se les exige a los padres. Además, es curiosa la ausencia del sentimiento de culpa en ellos, aunque dedican mucho menos tiempo al cuidado que las mujeres.

Las madres que yo entrevisté se veían como seres relativos, como decía Simone de Beauvoir, como seres incompletos que se definen por su relación con el hombre o con otros seres: ser madre de... De alguna manera, dejaban de ser ellas mismas para convertirse en un rol, y de eso también hay que liberarse. Al final, todo esto viene de aspectos socialmente construidos en socializaciones sesgadas por el género. De hecho, actualmente los hogares están actuando como verdaderas escuelas de desigualdad. Si los hijos e hijas están viendo qué roles tienen su padre y su madre, lo interiorizan. Incluso cuando los hombres realizan tareas a rebufo, a demanda de lo que las mujeres les señalan, ahí también se está aprendiendo que la responsabilidad es de las mujeres y no de los hombres. Cuando las mujeres decimos: quita, quita, que ya lo hago yo, estamos reproduciendo la desigualdad y respondiendo a la socialización. Responde a algo que está estructuralmente y culturalmente pautado y que conviene al sistema para que las mujeres continúen realizando el trabajo doméstico de forma gratuita. Por eso, es muy importante romper esa cadena.

- ¿Es esa interiorización la principal responsable del lento avance hacia la igualdad?

Lo realmente tremendo es que la desigualdad no existe solo fuera de nosotras y de nosotros, sino que se interioriza y genera formas de percibir, gustos y sentimientos que actúan como invisibles obstáculos a la igualdad. Ya decía Marx, que la ideología del dominante es absorbida por la clase dominada. Pero si eso se ha construido socialmente, se puede deconstruir. No es algo natural, es algo creado artificialmente, un producto del poder. Se puede y debemos modificarlo para construir otro tipo de sociedad más humana.

- La sociedad percibe, en cierto modo, la conciliación como cosa de mujeres. ¿Ha llegado el momento de hablar de corresponsabilidad social?

Hay que señalar que las medidas de conciliación están fuertemente feminizadas y en eso sí se pueden dar cambios personales, pero también es verdad que para que esos cambios se generalicen es imprescindible una transformación social que ponga los cuidados en el centro del sistema socioeconómico ocupado por la producción. De alguna forma, toda la esfera de lo reproductivo está invisibilizada y en realidad es la que sostiene lo productivo. Hay que organizar la sociedad de otra forma. La conciliación acaba siendo patrimonio exclusivo de las mujeres y, efectivamente, hay que hacer hincapié en la idea de corresponsabilidad familiar y social. Todos los agentes sociales tienen una responsabilidad que asumir y las políticas públicas han de promover esa corresponsabilidad.

- ¿La crisis económica también va a ser un pretexto para no avanzar en este terreno?

Solamente una visión cortoplacista y poco inteligente puede pensar que la igualdad no es necesaria en tiempos de crisis. Ahora, más que nunca, la igualdad es necesaria. Hay que modificar esa mentalidad que sitúa los derechos de las mujeres y la igualdad como un lujo que se reserva para los tiempos de auge económico. La igualdad es una muy buena inversión. Si no, estamos desperdiciando un capital humano que la sociedad no se lo puede permitir. Urge encontrar formas más humanas de abordar la producción remunerada y la producción de la vida. Mientras no sea así, muchas mujeres continuarán pagando el coste de la reproducción social con sus renuncias unilaterales, su sentimiento de culpa o su resentimiento; muchos hombres seguirán perdiéndose –aun sin ser conscientes de ello– su paternidad; y muchos hogares seguirán siendo una escuela de desigualdad para las próximas generaciones. En definitiva, todo un cercenamiento de las potencialidades humanas que, como sociedad, no debemos seguir asumiendo.

 

El libro completo:

http://www.emakunde.euskadi.net/u72-20010/es/contenidos/informacion/pub_publicaciones/es_def/adjuntos/6904-maternidad.pdf

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