Entrevista: Oriol Ginés

 

Licenciado en Psicologia forma parte de la Asociación CONEXUS Atención, Formación i Investigación Psicosociales, que trata de implantar y mejorar las intervenciones en temas relacionados con la igualdad, la violencia de género y su prevención y detección.

Es formador en igualdad y ha trabajado como terapeuta en atención a hombres violentos, mujeres y infancia víctimas de violencia, y en promoción de masculinidades igualitarias.

 

 

1.- Una de las líneas de trabajo de Conexus es la intervención con jóvenes para prevenir la violencia machista. ¿Viven las personas jóvenes la violencia machista de una forma distinta a las adultas? ¿En que sentido? ¿Esas diferencias hacen más fácil o más difícil la intervención en prevención con la gente joven?

Las diferencias son básicamente dos. Por un lado, la violencia es más difícil de reconocer porque las relaciones afectivas y sexuales son, en general en esta edad, muy intensas, informales, espontáneas y con poco compromiso, lo que hace que se confunda esta intensidad con elementos de dependencia, control, abuso o incluso violencia física. Por tanto, estamos ante una invisibilización de la violencia, una justificación y minimización, por el hecho de que “son jóvenes”. Además, en esta etapa los aspectos de identificación con iguales hacen que si el grupo acepta estas conductas los y las jóvenes también puede que vayan a aceptarlas, y los estereotipos de lo que debe ser un hombre o una mujer en nuestra sociedad sean muy importantes para ser aceptados.

Por otro lado, y aunque parezca contradictorio, un buen grupo de jóvenes, a raíz del trabajo que las asociaciones y las instituciones hacen, así como a fenómenos de repercusión de las violencias machistas como el #metoo, han empezado un cambio en su forma de relacionarse y entender la violencia. Básicamente han empezado a revisar, desde una perspectiva feminista, las relaciones de género y las relaciones afectivas y sexuales. Aunque esto aún lo están haciendo más las chicas que los chicos, y que todavía es una revisión muy racional, muy de coco, intelectual. Falta que en el terreno de los afectos y de las relaciones reales, sean capaces de aplicar esta revisión, y que se generalice más allá de los círculos feministas.

La intervención, pues, se vuelve difícil porque para los y las jóvenes es más fácil cambiar de pareja, a veces, que reconocer un problema y buscar ayuda. Además, las personas a esa edad no están acostumbradas a seguir tratamientos, pedir ayuda a servicios (que muchas veces desconocen) y estos están preparados para adultos, con un lenguaje y un mensaje que no les encaja. Identificarse como víctimas o agresores no es habitual, permanece una idea de estos como personas adultas,“¿cómo voy a ser un agresor si tengo 16 años?”.

 

2.- Algunas voces manifiestan que se está se está produciendo un aumento de la violencia machistas en los jóvenes. ¿Estás de acuerdo con esta afirmación? ¿Por qué? ¿Existen datos para refrendarla?

No creo que los datos indiquen este aumento. Lo que si nos dicen es que hay en proporción la misma incidencia de violencia que en los adultos. Por tanto, al igual que el resto de violencia, que empieza a identificarse y denunciarse, también la juventud comienza a señalarla y a decir basta. Pero tenemos que pensar que para las mujeres jóvenes es mucho más difícil reportar la violencia sufrida por su edad, porque no pueden acceder a los servicios, la vergüenza ante los padres, porque no se les haga caso (“son chiquilladas”) o porque desgraciadamente al tener menor autonomía son más vulnerables al control y la violencia por parte del agresor.

Por tanto, estamos en una primera etapa en que las chicas no van a aceptar tener una relación afectiva o sexual en que detecten este tipo de actitudes, pero aún falta que los chicos lo acepten, lo comprendan y cambien. Si no, vamos a ver un aumento de la violencia como reacción. Esto siempre pasa. Los hombres no queremos dejar el poder y en las relaciones afectivo-sexuales tampoco.

 

3.- También trabajáis con hombres que han ejercido maltrato ¿Qué objetivos os marcáis? ¿Desde qué presupuestos teóricos abordáis ese trabajo? ¿Cuales son los mayores obstáculos? ¿Y los resultados?

El trabajo con hombres que han ejercido violencia parte de dos premisas. Una es que estos programas deben complementar y coordinarse con los programas de atención a las víctimas. Y en segundo lugar, el objetivo de los programas debe ser mejorar la seguridad y el bienestar de mujeres y niños y niñas. Por tanto es fundamental contactar con las parejas y evaluar el impacto de la violencia, si necesitan ayuda y desmentir cualquier manipulación por parte del agresor.

Trabajamos en nuestro programa para hombres adultos pero también en otro programa para jóvenes universitarios. Ambos programas incluyen una perspectiva de género y de masculinidades como base para entender el uso de la violencia. Son programas voluntarios, los hombres y chicos no vienen obligados por justicia.

Lo más difícil es que los hombres y chicos mantengan su voluntad de cambio a largo plazo, y no quede en una demanda a raíz de una separación, una denuncia, o una situación lo bastante grave como para asustarles. Reconocer toda la violencia anterior, las motivaciones de control y dominio que están detrás, y eliminar las justificaciones y minimizaciones es paso imprescindible para responsabilizarse de ella. Solo así, desde la responsabilidad se puede acometer un cambio profundo, a largo plazo. También es importante que se les derive lo antes posible a un servicio especializado.

Cuando los hombres pueden superar esta etapa de cierta negación, de culpabilización de la víctima o de justificación por el alcohol o las drogas, los resultados son muy buenos. La mayoría supera el tratamiento grupal que hacemos, y pueden abandonar la violencia física y la psicológica grave. Las parejas o exparejas nos trasladan en su mayoría sentirse más seguras y sin episodios de violencia.

 

4.- ¿En vuestro trabajo con los hombres detectáis modelos de masculinidad más diversos que en etapas anteriores? ¿Cuáles son las mayores diferencias con el modelo tradicional? ¿Relacionáis estos cambios con el aumento de la presencia del movimiento feminista? ¿Y con el trabajo dirigido a los hombres que se realiza desde hace unos años? ¿Dónde situarías las resistencias más importantes para realizar cambios favorables a favor de la igualdad en los hombres?

Como comentaba antes, cada vez más hombres rechazan ciertos aspectos de la masculinidad tradicional, dominante y dura. Pero también es verdad, que a veces este rechazo es algo muy racional. Nos hemos encontrado con jóvenes, de movimientos feministas, que no aplican del todo estas prácticas con sus compañeras y reciben rechazo. Estos cambios necesitan tiempo, y trabajo en lo emocional para que se asienten más allá de una ideología política.

Del modelo tradicional, los hombres jóvenes rechazan el dominio por la fuerza, la imposibilidad de expresar emociones que no sean la rabia y el enfado o el control más severo de la pareja. Aún así, no se abandona del todo el modelo masculino tradicional como referencia. Más bien es una versión soft. Cambiar este modelo implica como decía, revisar las relaciones de género, cuál es el lugar de los hombres en la sociedad y respecto a las mujeres. Los cuidados, la dedicación y el éxito en el trabajo, el rechazo a todas las formas de violencia, también hacia otros hombres, la sexualidad no coital ni basada en la necesidad, la posesividad de la pareja, aún son aspectos que la mayoría de hombres no han revisado.

Una vez más, cuando preguntamos a los hombres si están a favor de la igualdad y contra la violencia, la inmensa mayoría nos dirá que sí. Ahora bien, si empezamos a preguntarnos qué conductas estamos dispuestos a abandonar, entonces empiezan los debates. Los hombres no tenemos claro aún que si las mujeres ganan igualdad y seguridad nosotros perdemos privilegios. Justamente porque no los vemos como tales. El mayor contacto con mujeres feministas está permitiendo que nos demos cuenta de que sí lo son, y de los efectos sobre ellas.

 

5.- En tu opinión ¿Qué lugar y objetivos deben tener los programas de trabajo a favor de la igualdad dirigidos a los hombres? ¿Cómo encajar en esos programas la idea de una identidad masculina diferente, cómo defienden algunos autores, con la de apostar por la diversidad sexual e identidades más flexibles? ¿Son líneas de trabajo contrapuestas o deben ser complementarias?

Sin lugar a dudas, aún con todo el proceso de revisión que nos queda por hacer, cada vez más hombres comprenden el problema social de la masculinidad tradicional. No solo ven que es perjudicial para las mujeres y niños y niñas, sino que también van entendiendo que es perjudicial para ellos si quieren vivir de otra manera. Es decir, si creen en la igualdad y valoran los cuidados, no quieren vivir para trabajar, no buscan el éxito o el protagonismo social, quieren vivir la sexualidad y las relaciones afectivas sin presiones ni malestares, sin violencia, entonces encuentran en el feminismo una oportunidad. Ahora mismo el referente de estos hombres son las mujeres feministas.

Para mí, la flexibilidad en las identidades sexuales y la diversidad sexual, son consecuencia de este cambio en la división sexual del trabajo y de la práctica masculina en ámbitos asumidos hoy prácticamente por las mujeres. Y abandonar aquellos copados por los hombres (política, economía, etc.). Es a través de estas prácticas que las identidades masculinas se flexibilizan, los privilegios se viven opresivos y la necesidad de cambio aumenta. No podemos esperar a que los hombres cambien para que empiecen a practicar otras relaciones de género u ofrecerles modelos flexibles ideales para que se identifiquen más o menos. Esto no va a pasar.

Es justamente experimentando en estos espacios feminizados cuando pueden relativizar su identidad y experimentarse como diferentes a la masculinidad tradicional. Nosotros estamos ahí en los programas, creo, para ayudar a transitar estas prácticas, ofrecer estos espacios y permitir esta ampliación de lo que es ser hombre hoy en día.

 

Euskadi, bien común