Otoño 2011 - Nº 82

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Violencias, víctimas y referentes

María Silvestre Cabrera
Directora de Emakunde – Instituto Vasco de la Mujer

El 25 de noviembre, día internacional contra la violencia que sufren las mujeres, ha convertido el mes de noviembre en el tiempo de rechazo, de denuncia y de tolerancia cero hacia la violencia de género.  En Euskadi todas las instituciones comparten el lema de la campaña, Beldur barik, de la mano de Berdinsarea, Eudel, Emakunde, Dirección de atención a víctimas de la violencia de género,  Diputaciones Forales, Universidad, EiTB, Departamento de Educación y centros educativos. El punto lila representa ese rechazo a la violencia contra las mujeres, punto lila que puede verse en nuestras ciudades y pueblos, punto lila que se ha convertido en un símbolo compartido y de país.

El punto lila y Beldur barik representan un esfuerzo por enfrentarse a la violencia contra las mujeres desde actitudes positivas de lucha y reivindicación compartida por mujeres y hombres. Un rechazo a la violencia hecha desde la ausencia del miedo, desde la voluntad de construir de forma conjunta una sociedad igualitaria.

La reivindicación de la igualdad entre mujeres y hombres es indispensable para erradicar la violencia de género.  No es posible abordar la violencia contra las mujeres fuera del marco de las políticas de igualdad. La violencia de género es la manifestación más cruenta de la desigualdad basada en el sexo. Ser conscientes del carácter estructural y cultural de esta desigualdad es imprescindible para poder abordar de forma efectiva su erradicación. Sin embargo, tomar conciencia de las verdaderas causas de la violencia contra las mujeres también nos obliga a plantearnos objetivos de transformación social a largo plazo, puesto que una revolución cultural no se consigue de la noche a la mañana. Todos los agentes de socialización deberían participar de la difusión de los valores de respeto a la diversidad, de igualdad y de no violencia para la resolución de conflictos,  de no violencia para la construcción de las relaciones interpersonales, abandonando el control y la falaz idea del amor romántico.  Al mismo tiempo, es fundamental plantear objetivos a corto plazo para poder avanzar paso a paso en el cambio de valores y, sobre todo, para poder afrontar de forma eficaz la atención a las mujeres víctimas de la violencia, teniendo en cuenta la atención y asesoría jurídica, psicológica, médica, asistencial y de protección policial. Esta atención debe proveerse desde la especialización de quienes trabajan con las mujeres para poder acompañarlas en el difícil camino de salida de la violencia de género.

El empoderamiento personal de las mujeres que sufren la violencia de género es fundamental para ayudarlas a salir del ciclo de la violencia, un ciclo que mina la autoestima y les infunde un falso e irreal sentimiento de culpa y de responsabilidad mal entendida de la violencia sufrida. Es fundamental empoderar a las mujeres para elevar su autoestima, para poder sacudirse el miedo y que puedan salir de una situación que las hace vulnerables.

Si enmarcamos la lucha contra la violencia de género en la lucha por la igualdad entre mujeres y hombres, no debemos olvidar el empoderamiento social de las mujeres. Empoderar social y culturalmente a las mujeres es también una forma de trabajar por la igualdad. Para ello, fomentar que las mujeres sean también referentes del poder político, social, económico, cultural, científico o histórico es un imperativo. Las mujeres deben ser también constructoras de las interpretaciones sociales, de los relatos que dan sentido a cada sociedad como parte activa, pensante, proponente, motor y referente y no únicamente como víctimas. No se trata de reivindicar una presencia ausente, sino de visibilizar el protagonismo que las mujeres han tenido siempre en guerras, resolución de conflictos, luchas civiles y movimientos revolucionarios y democráticos. Claro ejemplo de ello son las mujeres ganadoras del último premio Nobel de la Paz, Ellen Jonson Sirleaf, Leymanh Gbowee y Tawakkul Karman,  mujeres que han luchado por alcanzar la paz y la justicia en Liberia y Yemen.

También en Euskadi ha sido importante el papel jugado por las mujeres. No sólo han sido víctimas de la violencia terrorista. Ha habido y hay mujeres en política, mujeres en los movimientos sociales, mujeres en el conocimiento, mujeres en la literatura, mujeres en los medios de comunicación y también mujeres ejerciendo la violencia terrorista. Nuestro pasado ha sido construido por mujeres y hombres aunque hoy parezca que asistimos a la construcción de un relato mayoritariamente masculino.

El fin de la violencia de ETA no ha sido un final huérfano, son varios los agentes que lo han hecho posible, entre otros, la firmeza de las reglas de juego de la democracia y de quienes las defienden. Debemos seguir avanzando y ahora toca trenzar y tejer las vivencias, las experiencias, los testimonios, para llegar a una tela cuyos colores e  imágenes podamos y sepamos compartir y nos ayude a arropar la construcción de nuestro futuro desde unas bases sólidas y compartidas por todos y todas.

Recuperemos el papel que las mujeres juegan en nuestra sociedad, también en la construcción del relato de nuestro pasado reciente y de nuestro futuro abierto, pues no hacerlo supondrá una pérdida que redundará en ausencias y, una vez más, en relatos inacabados e incompletos.

Euskadi, bien común