Invierno 2012 - Nº 83

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Virginia Imaz: El humor nos permite desenfocar la tragedia y ver más allá

Texto: Carmen Ruiz de Garibay
Fotos: Karlos Corbella

Se considera más cómica que graciosa y desde hace casi tres décadas ha sido capaz de ganarse la vida riéndose de sí misma. Esta donostiarra intuitiva y perspicaz se siente inocente y “en clave de sujeto deseante” detrás de su nariz roja. Es mucho más que una payasa: mujer solidaria, maestra, escritora, narradora oral, autora de guiones, directora y fundadora de una compañía de teatro. En esta entrevista analiza el papel terapéutico que ejerce el humor en las personas, especialmente en momentos difíciles.

Virginia Imaz1Ejerció como maestra en escuelas de pueblo y en aulas para personas adultas y llegó al humor pasando por el “teatro trágico existencial”. Un cursillo sobre teatro de máscara le introdujo en el clown y ahí empezó su nueva vida en los escenarios. La mayor de tres hermanos de una familia obrera del barrio donostiarra de Egia, le tocó arrimar el hombro porque su madre trabajaba fuera y dentro de casa. “Eso me dio una capacidad de organización y una responsabilidad que han formado parte de mi formación como líder”. Le costó aceptarse como directora de espectáculos, aunque con la compañía propia Oihulari Klown que fundó en 1979, pudo empezar a practicar un estilo de liderazgo diferente. “Fue exactamente el entrenamiento que yo había tenido de cría, traducido a una versión adulta y enfocado hacia otra cosa”. Durante dos años trabajó en el Cirque du Soleil en Orlando (Florida).

Desde el comienzo en este oficio ha tenido varias especialidades: El teatro de clowns para gente adulta, con algún espectáculo para niños y niñas, y el tema de cuentos con una marcada intencionalidad didáctica, para ayudar a transmitir valores, trabajar la igualdad de oportunidades o la concienciación ambiental. “En los cuentos reivindicamos la parte de arte y contamos todo tipo de historias, con y sin humor. En una contada, lo que intento es llevar a la gente a un viaje a nivel emocional y proponerle un rato de emoción, de ternura, de risas, de tristeza, de miedo. Pero, además están los espectáculos a la carta o “clownsclusiones” que ella registró como marca, para  congresos, seminarios o reuniones de empresas, y los talleres que ella denomina de reeducación emocional a través del humor.

En situaciones como la actual, de crisis global, ¿el humor puede ejercer un papel terapéutico?

Especialmente en tiempos de crisis es cuando hay que echarle más humor a todo. El humor es una protección, una defensa en la manera de vivir. Nos permite desenfocar la tragedia, respirar un poco, ver más allá. Nos muestra la distancia que hay entre lo que aspiramos, las expectativas que tenemos y lo que va ocurriendo. También nos ayuda a liberarnos de la tensión del miedo. Actualmente se están viviendo situaciones muy dramáticas, que producen miedo, pero también es cierto que nuestros pensamientos son creativos, que tenemos expectativas sobre la vida. Si conseguimos reírnos de nosotras mismas, ajustarnos y adaptarnos -que el humor permite eso también- creo que es más fácil tener energía como para imaginar otra realidad. Y en cualquier caso, hay una parte en el humor que es puramente fisiológica, que segrega endorfinas, que conecta con la vida. Siempre ha tenido efectos terapéuticos. A veces, cuando estamos en pleno follón, angustiadas, de repente nos da una risa loca. Es una sabiduría del cuerpo para sobrellevar ese estrés, ese desgaste, en ocasiones emocional o físico, que nos vuelve a reconectar con el aquí y con el ahora. Para mí, el humor es una puerta a la esperanza.

Pero, ¿cómo se puede hacer humor cuando parece que todo se tambalea a tu alrededor?

Yo me pongo en la situación de la gente que está perdiendo su casa, que no puede pagar la hipoteca, y me conmueve, es una tragedia. Por simple ética no me voy a reír de la desgracia ajena. Desde que me dedico a esto, lo que estoy planteando con el humor es cómo reírme de mí, de aquello que me ocurre a mí, de mis propios miedos, de mis complejos, mis dudas, mis sueños y anhelos. Creo que la única persona que está legitimada para reírse de cualquier tema es la que lo padece. Reírse de otras personas es entrar en un humor frívolo que no me ha interesado nunca y ahora menos, es el límite que marco. Todavía hay mucha gente a la que le hace gracia ver cómo alguien resbala y cae. Solo si quien se cae se ríe, me río con esa persona. Como clown, intento reírme de mis propias caídas, es una invitación a la gente a reírse conmigo de lo que me pasa. Así es como construyo el humor y a la gente no le queda más remedio que reírse conmigo, es imposible que se rían de mí.

¿Es posible aprender a vivir de una forma no crispada?

Virginia Imaz2Creo que tenemos que aprender a vivir el momento y agradecer la cantidad de privilegios que gozamos: no tenemos miedo de que nos caiga una bomba encima, ni estamos en conflictos bélicos. Esto se nos ha olvidado, y cuando perdemos esta noción de que cada momento es un regalo, lo damos todo por hecho. Yo creo que  vivir es no dar nada por supuesto. Si el autobús llega normalmente a las 9, y un día tarda diez minutos, me mosqueo, y es una opción de vida decidir que en lugar de mosquearme cuando llega tarde, cada vez que llegue puntual me voy a poner contenta. La cuestión es valorar mucho más lo que tenemos y agradecer cada cosa como un regalo. Y el humor está muy ligado a este tipo de gratitud y de sorpresa. No hay casi nada que nos haga reír que no tenga que ver con un quiebro inesperado de los acontecimientos, con un `de repente´. Yo espero que vaya a suceder tal cosa pero luego va por otro lado. Lo inesperado a veces me da miedo y otras, risa, cuando se me pasa el susto.

¿No hemos perdido la capacidad de sorprendernos?

Sí, en nuestra cultura está mal visto, se considera de paletos, y sin embargo la sorpresa es lo que nos vincula a la risa y a la gratitud. Estamos viviendo la cultura del shock, la crisis, la gripe aviar, el fin del mundo... vamos de susto en susto y no tenemos respiro. Sin embargo, si somos capaces de sorprendernos, de levantarnos por la mañana y agradecer todo lo que tenemos -que estoy entera y puedo caminar y ver- eso nos coloca en otra pista. Si hay algún secreto para estar bien es éste.

A mí me ayuda mucho sentirme que estoy sostenida espiritualmente, que hay un plan. Tengo una concepción al estilo de los indios norteamericanos: un gran espíritu que nos religa a todos y que aunque yo no siempre entiendo el plan, todo está bien y puedo confiar en que esto va a mejorar. Y como el optimismo no tiene vacuna, yo he hecho un oficio de ser optimista y de ser ingenua a ese nivel y lo cultivo día a día. Cada vez que me entra susto, me agarro al optimismo con toda el alma.

¿En el humor hay género?

Por supuesto. El humor tiene un sesgo genérico, como todas las producciones culturales del imaginario colectivo. Hoy por hoy, en la medida en que mujeres y hombres nos hemos educado en universos y en valores diferentes, también tenemos fisiologías diferentes. Como nos reímos desde el cuerpo que somos, hay un humor que tiene que ver con el cuerpo y que si tú eres bajita o alta, si tienes tetas o polla, el humor te va a hacer diferente solo por eso. Pero luego hay una construcción de género, de edad, de etnia, de clase social, y el humor está atravesado por todas estas variables. No es lo mismo el humor tal y como yo lo vivo, el que hacemos las mujeres, que el que hacen los hombres, en términos generales. Pero, a lo mejor, un hombre euskaldun y yo tendremos patrones de humor más parecidos una mujer de Madagascar y yo. Las diferencias culturales son muy amplias. De todas formas, hoy todavía ser mujer u hombre es también una cultura diferente y está bien asumirlo.

¿Por qué a las mujeres les cuesta tanto acceder a un escenario para mostrar su propio humor?

A las mujeres nos han educado con el valor de la responsabilidad,  para que podamos ser competentes en los cuidados y tenemos ese handicap para el acceso al humor. Para la vida no, yo creo que es un rol estupendo, que habría que exportar a toda la humanidad. Las mujeres nos hemos hiperdesarrollado en esa actividad pero como la responsabilidad está ligada a la seriedad, y queremos ir de responsables, porque es para lo que nos han educado, nos cuesta no estar serias. Hasta ahora al menos, la responsabilidad va ligada a cierta tensión, rigidez y amputación para el juego, para el placer, para la risa. De hecho, aquí todavía, cuando se quiere recomendar a alguien se dice: es una chica muy serie, muy responsable.
Yo reivindico cada vez más un nuevo modelo de mujer y de humanidad, que sea responsable pero que asuma sus responsabilidades con placer, como divertimento, no como un destino, un martirio. Hay otra cosa que a las mujeres nos ha dificultado el acceso al humor, que es la belleza estética, el convertirnos en objeto de seducción, y esta belleza estresa mucho y nos pone muy rígidas. No nos movemos mucho para no despeinarnos, para que no se nos corra el rimel o no se nos rompan las medias... estamos muy pendientes. El caso es que el humor es la presentación del cuerpo grotesco, muy libre, muy suelto y el cuerpo es estéticamente divergente.

¿Y es ahí donde entra en juego el sentido del ridículo?

El miedo al ridículo es una presión enorme que pesa todavía más sobre mujeres que sobre los hombres. Miedo al qué dirán, a la imagen, al autoconcepto, a la apariencia. No vivimos más la vida por miedo al juicio de la sociedad. Esto es un verdadero enigma. Pero las personas que no hemos sido la chica bollo tenemos más posibilidades para el acceso al humor, porque cuando estás medio cerca de serlo, te empeñas en esta carrera estresante, pero cuando estás tan lejos, hay un momento en que tiras la toalla. Las cómicas y las payasas, y también los cómicos y payasos, han sido gente que yo denomino “demasiado”. Quienes se salían del sistema -demasiado delgada o gorda, o calvo o bajito- teníamos muchos boletos para que nos dieran el papel cómico de la función. La otra gran opción de las mujeres para acceder al humor es cuando envejecemos. Como la belleza está ligada a la juventud exclusivamente, en la medida en que vamos cumpliendo años, todas las mujeres tenemos una oportunidad. Además, ahora envejecemos para mucho rato, nos da margen para explorar la propia comicidad y aceptar que hay una belleza que nada tiene que ver con el canon establecido, y ahí es donde podemos empezar a descubrir nuestro sentido del humor.
Yo estoy pasando de un lado a otro, ahora no estoy tan gorda, voy a cumplir 50 años y ya no me toca ir de bollo. Mis estrategias para seducir o para sentirme deseada han sido siempre desde el humor y es la opción que recomiendo vivamente.

Muchas mujeres dicen que lo que más valoran en un hombre es que las haga reír

A mí, ahora mismo, la gente que me hace reír es la que más seductora me parece. Cuando reímos destilamos endorfinas y otras sustancias relacionadas con lo que se llama el cóctel del amor, es lo que segrega el cerebro cuando te enamoras. Entonces ves lo mejor del otro o la otra y cuando te ríes ves el lado amable del mundo, el lado hermosísimo. La conclusión es que la belleza de la gente tiene que ver con el vínculo que establecemos con ella, con el afecto que le profesamos, con lo significativo que puede llegar a ser para nosotros y, desde luego, con lo que nos haga reír. Esta estrategia de belleza no nos la enseñan porque no vende cremas ni tanta operación estética, pero es lo que realmente nos vincula a la gente. Dicen que la risa es la distancia más corta entre las personas y yo lo creo, a nivel de deseo sexual y a nivel de vínculos afectivos de todo tipo: entre madres y criaturas, entre compañeros de trabajo... Yo me puedo reír con alguien e inmediatamente se establece una confianza y un feeling que de otra forma no se consiguen.

¿El clown y la nariz roja le permiten ser más transgresora?

Cuando me pongo la nariz roja para trabajar, ya sé el efecto que voy a producir en la gente que viene al espectáculo: es una interferencia, un imprevisto en el discurso normal del día, una irreverencia, un desacato. Estoy contenta de este efecto pero me resulta más interesante lo que la nariz consigue para mí. Internamente me da muchos permisos para sentirme inocente, para no estar todo el rato juzgándome ni culpándome. Me coloca también no en la clave de ser objeto de seducción o de deseo sino en sujeto deseante.
Es un espacio privilegiado de libertad, donde yo puedo reírme de lo que creo que soy y aspirar a cotas de libertad mucho mayores. Me ha enseñado el camino para ser una mujer diferente, no la mujer que tenía que haber sido por construcción social, sino que me ha dado permiso para ser de otra manera. Y si en el juego puedo ser así, en la vida real puedo ser de miles de maneras. Esto supone dinamitar los estereotipos, los compartimentos estancos, las servidumbres, tanto para hombres como para mujeres. Aprendemos esta construcción y no siempre estamos en lo que toca. Yo suelo bromear con la gente que viene a los talleres que impartimos, les digo que si están allí no es casual, que el sistema ha cometido con ellos al menos algún error en la domesticación. Somos hombres y mujeres que no encontramos fácilmente el lugar que nos han asignado, que nos cuesta aprendernos mucho el guion, reproducir el que toca en función de varias variables, y una es la de sexo o género.

Euskadi, bien común